La prosa poética

Definición y características de la prosa poética

   La prosa poética o poesía en prosa es un género moderno poco conocido y explorado, pero elegido por grandes escritores, que se diferencia de la poesía en verso por su formato, ya que combina sugestivamente el lenguaje poético con las formas de escritura que utilizamos cotidianamente, liberadas de la rima y la métrica. Por pertenecer al género lírico, comparte su finalidad de transmitir los sentimientos, las emociones y las sensaciones subjetivas del autor sobre el objeto o persona que lo inspira.

 

También podés leer:

Figuras retóricas: pocas palabras, muchos significados

Figuras retóricas: algunas que nos suenan bien

Figuras retóricas: recursos sintácticos

 

Autores de este género

 

   Si bien son muchos los poetas que escriben poesía en verso, no son tan tantos los que exploraron la poesía en prosa. Seguidamente, una selección de siete artistas que nos legaron hermosos textos de prosa poética.

Aloysius Bertrand

  Del primero que tenemos registros es el francés  Aloysius Bertrand, quien escribió un libro titulado Gaspard de la nuit, del año 1842, con poemas que muestran una versión personal y fantástica del medioevo.

Charles Baudelaire

  El gran “poeta maldito” dio a conocer al mundo este  tipo de poesía con su libro El Spleen de París,  su influencia sobre otros artistas de la palabra hizo que se extendiera el género en el ámbito de la literatura.

 

Arthur Rimbaud

   Poeta francés y viajero, este escritor simbolista publicó un libro titulado Iluminaciones.

 

Gabriel Miró

  España ha sido un país gestor de grandes escritores en el transcurso de su historia y este es uno de ellos. Estudios de leyes, cargos políticos y escritos religiosos fueron interrumpidos por la Primera Guerra Mundial. Las obras literarias producidas por Miró están caracterizadas por la belleza de la descripción y el ambiente.

 

José Enrique Rodó

  El autor uruguayo, perteneciente a la generación modernista, se destacó como ensayista. En una época en que la situación intelectual latinoamericana estaba en crisis, Rodó concebía que “el que ha aprendido a distinguir de lo delicado lo vulgar, lo feo de lo hermoso, lleva hecha media jornada para distinguir lo malo de lo bueno”. La prosa de Ariel, además del ideario que transmite,  es una de la máximas expresiones estilísticas del modernismo.

 

Gabriela Mistral

  Esta singular poetisa chilena y autodidacta, con una magistral carrera literaria ha llegado a obtener el Premio Nobel de Literatura en 1945. Sus temas poéticos evocan el dolor del sentimiento profundo, el amor a la naturaleza americana, el trabajo, la miseria de la gente del campo, la maternidad frustrada y la infancia.

 

Juan Ramón Jiménez

  El poeta español cuya primera afición fue la pintura, cuando descubrió su vocación por la poesía, le dedicó a ella el resto de su vida. Fue considerado maestro de poetas, con más de 40 volúmenes de poesía y prosa. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1956.

 

Pablo Neruda

  Otro famoso chileno ganador del Premio Nobel de Literatura en el año 1971 dejó una vasta producción poética. Conocido también por ocupar cargos diplomáticos en varios países, ser miembro del Partido Comunista, senador y candidato a la presidencia de su país.

 

Leopoldo Marechal

  Poeta y novelista, perteneciente al grupo “Martinfierrista”, dedica su escritura a una preocupación metafísica por la belleza, con lo cual llevó a cabo una renovación de la prosa argentina.

 

Julio Cortázar

  Amado exponente del Boom Latinoamericano, famoso por su novela experimental Rayuela, Julio Cortázar no solo tuvo fama de poseer un “alma grande”, sino una obra prolífica.

 

Oliverio Girondo

  Nacido en Buenos Aires, estudió en Europa y tuvo contacto con las principales vanguardias de la época, donde también conoció al famoso Guillaume Apollinaire. Veinte poemas para ser leídos en un tranvía fue su primer libro de poesía, declaradamente vanguardista.

 

También podés leer:

Elementos rítmicos de la poesía

Tipos de versos por su medida

Tipos de estrofas

 

Microrrelatos poéticos

  Existen cantidad de relatos breves que presentan una carga poética importante, haciendo difícil su clasificación por encontrarse en la frontera con la poesía en prosa. Algunos de los autores mencionados incursionaron en este tipo de textos: Julio Cortázar, Antonin Artaud, Oliverio Girondo y Giannina Braschi, entre otros.

 

También podés leer:

Así se escribe un cuento

Glosario de literatura

 

Ejemplos de prosa poética

 

El ruego del artista

  ¡Qué penetrantes son los atardeceres de los días de otoño! ¡Penetrantes hasta el dolor! porque hay deliciosas sensaciones donde lo vago no excluye lo intenso; y no hay punta más afilada que la del Infinito.
¡Qué delicia ahogar la mirada en la inmensidad del cielo y el mar! ¡Soledad, silencio, incomparable castidad de lo celeste! una vela pequeña tiembla en el horizonte y en su pequeñez y soledad imita mi irremediable existencia, monótona melodía de las olas, todo piensa en mí y yo pienso en todo (en la magnitud de la ensoñación, el yo se pierde) musical y pintorescamente, sin argucias, sin silogismos, sin deducciones.

  Pero tanto los pensamientos que surgen de mí como los que proceden de las cosas, se vuelven en seguida demasiado intensos. La energía en el placer crea malestar y sufrimiento positivo. Mis nervios crispados sólo producen vibraciones estridentes y
dolorosas.

  Y ahora, la profundidad del cielo me consterna; su limpidez me exaspera. La insensibilidad del mar, la inmutabilidad del espectáculo, me rebelan… ¿sufrir
eternamente o eternamente huir de lo bello? ¡Naturaleza, maga despiadada, rival siempre victoriosa, déjame! ¡No tientes mis deseos y mi orgullo!

  El estudio de lo bello es un duelo donde el artista grita de espanto antes de ser vencido.

Charles de Baudelaire

Libro completo en español

Verde secreto

  Ese verde escondido en tus ojos, que a veces salía con el sofoco de tu cara, con la emoción o el llanto, es el verde de tu eternidad.

  Se que ese verde será mi alegría y mi remordimiento. Eres avara con él y sólo me lo dabas en le amor mejor o en la mayor pena.

A veces alguna me dijo: “le sale un verde tan bonito cuando se sofoca”. Verde bonito, verde que le puso salir, salió todo lo que pudo y quizás pudo.

Juan Ramón Jimenez

El placer de servir

 

  “Toda la naturaleza es un anhelo de servicio; sirve la nube, sirve el aire, sirve el surco. Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú; donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú; donde haya un esfuerzo que todos esquiven, acéptalo tú.

  Sé el que aparte aparte la estorbosa piedra del camino, sé el que aparte el odio entre los corazones y las dificultades del problema.

  Existe la alegría de ser sano y de ser justo; pero hay, sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir.

  ¡Qué triste sería el mundo si todo en él estuviera hecho, si no hubiera rosal que plantar, una empresa que acometer!

  Que no te atraigan solamente los trabajos fáciles: ¡Es tan bello hacer lo que otros esquivan!

  Pero no caigas en el error de que sólo se hace mérito con los grandes trabajos; hay pequeños servicios que son buenos servicios: Adornar una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña. Aquél es el que critica, éste es el que destruye, sé tú el que sirve.

  El servir no es una faena de seres inferiores. Dios, que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera llamársele así: El que sirve. Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿Al árbol? ¿A tu amigo? ¿A tu madre?”.

Gabriela Mistral

El Otoño de las enredaderas

  Amarillo, fugitivo, el tiempo que degüella las hojas, avanza hacia el otro lado de la tierra, pesado, crujidor de hojarascas caídas. Pero antes de irse, trepa por las paredes, se prende a los crespos zarcillos, e ilumina las taciturnas enredaderas. Ellas esperan su llegada todo el año, porque él las viste de crespones y de broncerías. Es cuando el Otoño se aleja, cuando las enredaderas arden, llenas de alegría, invadidas de una última y desesperada resurrección. Tiempo lleno de desesperanza, todo corre hacia la muerte. Entonces tú forjas en las húmedas murallas el correaje sombrío de las trepadoras. Inmóviles arañas azules, cicatrices moradas y amarillas, ensangrecidas medallas, juguetería de los vientos del norte. Donde ha de ir sacando el viento cada bordado, donde ha de ir completando su tarea el agua de las nubes.

Ya han emigrado los pájaros; han fijado su traición cantando, y las banderas olvidadas bordean los muros carcomidos. El terrible estatuario comienza a patinar los adobes, y poco a poco la soledad se hace profunda. Agua infinita, que acarrea el invierno, que nada estorbe tu paso silencioso. Pequeñas hojas que como pájaros a la orilla del grano, os agrupasteis para mejor morir: es hora de descender de vuestros nidos y rodar y hacerse polvo, y bailar en el frío de los caminos. Durecidos tallos, amarras pertinaces, este barco se suelta. He ahí despedazadas las velas y derruido el mascarón ensimismado que cruza encima de las estaciones siempre en fuga. Quedaos vosotros apretando un cuerpo que no existe entre vuestras serpientes glaciales. Nunca vuelve este barco; el que se aleja regresa cambiado por el tiempo y la lucha.

Nunca el tiempo del sol aporta las mismas hojas a los muros. Primero asoman en las axilas, escondidas como abejas de esmeralda y estallan hablándose un lenguaje de recién nacidos. Es que nunca, nunca vuelve el barco roto que huye hacia el sur llevando el mascarón tapado por las enredaderas, taciturnas. Lo empuja el viento, lo apresura la lluvia, por los senderos del mar, lo empuja el viento, lo apresura la lluvia y la estela de ese navío está sembrada de pájaros amarillos.

Pablo Neruda

 

Apunte callejero

En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.

Pienso en dónde guardaré los kioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar. Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda.

Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.

Oliverio Girondo

 

Historias de Cronopios y de Famas

  Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.

Julio Cortázar

Prosa poética de amor

 

El cuaderno de las tapas azules

   I. Mi vida, en sus diez primeros años, nada ofrece que merezca el honor de la pluma o el ejercicio de la memoria. Es aquella una edad en que el alma, semejante a una copa vacía, se hunde hasta el fondo en el río cambiante de la realidad (que tal nombre damos en principio al color mentiroso de la tierra), y espiga, recoge y devora la creación visible, como si solo para esa cosecha barbara del mundo hubiese nacido. Entonces el niño, la piedra, el arbol y el buey giran enlazados en el baile primero, sin distinciones de color ni choques de fronteras. Pero más tarde, y en virtud de su peso natural, el alma se coloca en el centro de la rueda; y desde allí, inmóvil y como en suspenso, ve que a su alrededor siguen girando las demás criaturas: el árbol en el círculo del árbol; la piedra en el círculo de la piebra y el buey en el círculo del buey. Y en ese punto el alma se pregunta cuál será su círculo entre círculos y su danza entre danzas; y como no se da respuesta ni la recibe de los otros, inicia su jornada de tribulación; porque su duda es grande y creciente su soledad. En ese conflicto se halla la mía, y en él permaneció hasta que le fue revelado su norte verdadero en la figura de Aquella por quien escribó estas páginas. Y quiero declararme con exactitud mayor en lo que a dicho estado del alma se refiere, en la esperanza de mi relato, si algún duda se publica, sea consuelo y sostén de los que siguen las veredas de Amor. Porque de amor es la carne de mi prosa, y del color de amor se tiñe su vestido.

Leopoldo Marechal

 

Imagen: Photo by freestocks.org from Pexels

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu propio blog con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: