Así se escribe un cuento

  Esta semana me topé con un libro gris en la biblioteca que ya tienen unos cuantos años, pero también una riqueza impresionante: Así se escribe un cuento, de Mempo Giardinelli, de BEAS Ediciones. Se trata de una auténtica joya para aquellos que amamos la narrativa breve, ya que podemos encontrarnos con una visión poco convencional de la historia de este género, un recorrido por definiciones y aproximaciones teórica, sumadas a conferencias y reflexiones del autor, que constituyen un gran valor para los que se proyectan como futuros escritores. 

  Para empezar, dedica algunos capítulos a  transitar un breve recorrido por las bases teóricas del cuento, en un tono originalmente cuestionador de lo establecido, las discute para destacar el carácter indefinible e inabarcable de estas breves creaciones artísticas; transcribo algunas frases interesantes, a modo de preparación para las verdaderas perlas del libro, que es la recopilación de una serie de entrevistas realizadas a varios cuentistas latinoamericanos, en su mayoría, argentinos.

“No existe una teoría del cuento, sino más bien una práctica que va formando, lenta e imprecisamente, su propia teoría, la cual ni es absoluta ni es universalmente válida”.

“El cuento para mí es indefinible, (…) fundamentalmente porque el dominio de las leyes no garantiza un cuento, no garantiza literatura”.

“El cuento es ese indefinible e imprecisable pase de magia que me sirve para exponer un pequeño breve instante, un detalle, que ha de tener validez universal.”.

  Las preguntas realizadas a los escritores van dirigidas a la exploración de la experiencia creadora, particularmente relacionadas con las características propias del género, como las siguientes:

¿Existe el cuento perfecto?

¿Cuándo empezaste a sentirte cuentista?

¿Leíste muchos cuentos? ¿Cuales?

¿Te sentías en desventaja con respecto a otros cuentistas?

¿Cuál es tu definición de “cuento”?

¿Reescribís mucho?

¿Te contaban cuentos de niño/a?

¿Escribís a mano?

¿Te sentís cuentista o novelista?

  El primero de los entrevistados no es más ni menos que el chileno Antonio Skarmeta: quien define la actividad de escribir cuentos como “ver el océano en un pez”.  Empezó leyendo “mucho cuento“, especialmente de autores rusos y norteamericanos. “En mi primera relación con el cuento, lo que yo sentía era muy impactante: un momento intenso de humanidad. Eso me proponían los cuentos que me gustaban”. Realiza una interesante comparación entre estos textos, más estrictos, directos y efectivos, con los latinoamericanos, que califica de experimentales y divagatorios. 

  Mempo pregunta si existe un cuento perfecto, a lo que Antonio responde: “No, creo que no, ni existe el cuento ideal. Depende mucho de la geografía, las latitudes, las preferencias estéticas de cada autor y de su pueblo, la tradición en que el cuento crece, y la biografía del propio escritor”.

   “El cuento no se hace solamente con experiencias anecdóticas” para el cuentista y novelista Enrique Anderson Imbert, quien a su vez se dedicó al estudio minucioso de este género, al publicar su libro “Teoría y técnica del cuento”. Aunque es más conocido como profesor y crítico literario, se siente injustamente menospreciado como cuentista, su vocación real. Sus minicuentos provienen de la lectura que hacía de niño, de los poemas en prosa de Baudelaire.

  Enrique ha llegado a una definición del género: “El cuento vendría a ser una narración breve en prosa que, por mucho que se apoye en un suceder real, revela siempre la imaginación de un narrador individual. La acción -cuyos agentes son hombres, animales humanizados o cosas inanimadas- consta de una serie de acontecimientos entretejidos en una trama donde las tensiones y distensiones graduadas para mantener en suspenso el ánimo del lector, terminan por resolverse en un desenlace estéticamente satisfactorio”.

Marco Denevi no tenía una tradición familiar de escritores ni artistas, no sabía que se dedicaría a la escritura hasta que leyó un interrogante de Borges que lo puso en movimiento: ¿sería posible escribir una historia en la cual bajo una apariencia trivial se escondiera una historia atroz? Así nació Rosaura a las diez.

  Aunque Denevi empezó su carrera de narrador con una novela, se ha volcado con respeto a los relatos breves: “Al cuento yo le tuve siempre un poco de miedo. El cuento es narrativa en estado de pureza total. No permite ningún ardid ni vestimenta. Es un poco como el acto de amor, que uno debe practicarlo desnudo. En cambio en la novela hay mucho ropaje”.

  La “porfiada” Silvina Ocampo afirma que ella ha “puesto todo” lo que tiene en la actividad literaria y que el cuento es lo más importante que existe en literatura”. Lectora apasionada desde sus primeros años de vida, cuando le “contaban cuentos” de niña, ella los corregía: “Yo ya sentía la armonía que tenía que haber en un cuento, la buscaba, interviniendo en el relato y corrigiéndolo“.

  A la hora de comparar narraciones extensas con las breves, Silvina confiesa que escribió dos novelas pero no las publicó, porque las consideró inferiores. La rapidez con que le llegan las ideas no le permite escribir a mano el texto completo, así que sus  borradores son palabras sueltas, luego los lee y “dicta en voz alta” el cuento.

  Difícil de entrevistar,  tímida y sencilla, María Elena Walsh manifiesta que se crió con el cuento en verso: “No tengo recuerdos de que me contaran cuentos, pero sí muchos versos que eran en sí cuentitos, e incluso muchas letras de canciones eran narrativas, dramáticas. Las primeras letras de tangos eran todos cuentos, hechos dramáticos”.

  Se siente comprometida con la exigencia al niño lector una mejora en el vocabulario, cuando dice que el lenguaje de los argentinos es pobre, pero el de los niños y adolescentes, peor. Entonces , por todo eso me dio como un ataque en contra, y escribí para chicos más grandes, para preadolescentes y con un lenguaje rico, incluso con palabras inesperadas, raras, de esas que hay que buscar en el diccionario. Y bueno: que las busquen o que se queden en la sonoridad de la palabra. Pero no podemos contribuir a empobrecer aun más el lenguaje”.

  Elsa Bornemann nos regala, más que una definición , una serie de metáforas de cuento: una ola, un intenso día de vida, un amor a primera vista, un relámpago perdurable. Su proceso de escritura parte de una primera versión manuscrita, luego lo pasa a máquina y vuelve a corregir con colores, para dejarlo descansar un tiempo, o para siempre. Finalmente el texto es sometido a las últimas correcciones. Para destacar algunos autores paradigmáticos argentinos, Elsa menciona a María Elena Walsh, Javier Villafañe y María Granata.

  Desde la óptica de Juan José Saer, hombre “de temperamento combativo, vehemente, apasionado, polemista agudo y brillante”, la literatura es una propuesta antropológica. Se destaca una búsqueda formal de renovación y una tendencia a hablar en los cuentos de lo real por medio de metáforas globales de una sociedad y época. 

  En cuanto a su experiencia personal, se aleja del cuento para acercarse al relato: “empecé escribiendo cuentos, escribí muchos y quemé muchos“. Luego, aclara que se propone la escritura de textos breves que evaden las leyes del cuento: “Todas las preceptivas esquemáticas me molestan“.

   Nos trae una visión interesante sobre el gusto argentino  Adolfo Bioy Casares:Me encanta el cuento, déjeme que se lo diga para empezar. Además es un género muy argentino.  No sé si en otros lugares del mundo sigue vivo como género”. De esta manera empieza su entrevista el amigo Jorge Luis Borges, quien le criticaba el uso de frases muy cortas.

   Los primeros cuentos de Bioy fueron sueños, razón por la cual fracasaron, dice que no hay que escribir nuevas versiones de los clásicos, sino escribir lo que se siente, sin ser artificioso en el uso del vocabulario. Si usted está escribiendo una novela que pasa en Lobos, en la provincia de Buenos Aires, escriba con el idioma que sea verosímil para la gente de Lobos. Y que el personaje se parezca a un personaje de Lobos.

  Admirador de Quiroga, Maupassant y Chéjov, Pedro Orgambide reconoce que siente más placer al escribir cuentos que novelas. Me gusta que me haga vivir un momento de gran intensidad. Entrar en un mundo en muy poco tiempo físico, cronológico. Yo quiero tres, cuatro páginas, cinco, y que en ellas haya un mundo. Eso me parece una maravilla”.

  Más conocido como novelista que como escritor de cuentos, Carlos Fuentes, quien siempre busca en la construcción cuentística la redondez y la totalidad: “Y les diría que esa es la gran virtud del cuento, pero también su gran limitación, al mismo tiempo. Y digo limitación porque creo que existe siempre la tentación, en el cuento, de cerrarlo. De hacer ese círculo perfecto, de lograr eso que pedía E. M. Foster para la novela: la redondez. Bueno, pues son los cuentos los que pueden ser redondos; pueden darse el lujo de serlo, de tener una perfección formal, de no dejar cabos sueltos. Y en cambio es la novela la que casi por definición tiene que dejar aperturas, cabos sueltos, tiene que ser mas deshenebrada para seguir viviendo. Una novela perfecta, para mí, es un novela muerta: no permite la segunda lectura, la apertura a lectores por venir, la colaboración del lector… Ahora yo creo que un gran cuento es un cuento que logra a la vez redondez formal y apertura hacia el futura. A esto lo siento mucho en cuentos que tienen naturaleza elíptica: Kafka, Henry y James. Siento que cuento cerrado perfecto es el de Chejof”.

  Angélica Gorodischer se califica como esencialmente narradora: soy una persona que cuenta”. Sus cuentos predilectos son los de Hans Christian Andersen y de Ítalo Calvino. También los de Chesterton y de toda la cuentística inglesa. Se sintió influenciada por Philip Dick para escribir sus cuentos.

  “Yo empiezo sujetándome al texto, y acaso también quiero sujetar al lector. Pero es que yo quiero escribir un cuento como Leonardo pinta un cuadro. Espectadora de una obra de Leonardo, puedo meterme adentro, hay lugar para mí… Y bueno, yo quiero que mi lector también tenga lugar en mi cuento. No quiero contarle todo y terminar diciéndole que entonces pasó tal cosa. No sé si pasó tal cosa… Si pudiera siempre dejar todo en la sombra, en una forma ambigua, me encantaría”.

 Estos fueron los testimonios de diez cuentistas, entre otros no menos relevantes,  que nos muestran “la cocina” de la escritura, un proceso fascinante que nos pueden inspirar a imitarlos. Algunas constantes podemos rescatar, para que sean consideradas por todo aquel que decida emprender este maravilloso camino: la lectura permanente de “los grandes” y una incansable labor de corrección.

Gabriela Gutierrez

Edulenguajes

Imagen: Foto de negocios creado por jannoon028 – www.freepik.es

 

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